El
verso que fluye: claves de la poética de Cacho González Vedoya
Quiero
que mi palabra no caiga
pero
si llegara a caer
germine
Juan
Genaro “Cacho” González Vedoya pertenece a una generación de letristas que
renovó completamente el género chamamecero, dando lugar al reclamo social, la
reivindicación histórica de personajes olvidados y el rescate de las historias
minimalistas, casi furtivas, que conforman con su mosaico la sociedad
correntina: la llamada Generación de la Canción Nueva. Pero además se ha consolidado
como un poeta que partiendo de un sencillismo en el lenguaje y un uso cuidado de
imágenes poéticas logra transmitir un universo rico, complejo y en perpetuo fluir. Esta palabra es la que quizás
mejor describa su pluma: la poesía de González Vedoya avanza no lineal sino
circularmente; sus poemas y canciones dialogan entre ellos y expresan una
vitalidad que les es propia y que sintetiza los elementos fundantes del paisaje
correntino.
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Cacho González Vedoya (foto gentileza Fundación Memoria del Chamamé) |
González
Vedoya nació un 22 de diciembre de 1940 en Itatí, lugar de su infancia, y de
donde guardará en el recuerdo a los personajes puebleros, que volverán a brotar
años más tarde en la obra que realiza en colaboración con Gonzalo “Pocho” Roch,
La gente de mi pueblo. Pero mucho
antes de eso fue a Corrientes a estudiar magisterio, labor que ejerció en una
pequeña escuela rural de Rincón de las Mercedes, en San Luis del Palmar, donde
vivió y trabajó por varios años. Su formación como letrista de chamamé irá
desarrollándose a la par, y eclosionará con los festivales de la Canción Nueva,
aquellos que nacieran en la década del ´70 con el patrocinio de la joven poeta
Marily Morales Segovia. Junto a ellos Pocho Rocho, Rosendo y Ofelia, Mario
Bofill, Quique Sorrives, Edgar Romero Maciel, el dúo Verón-Palacios hacen gala
de una importante veta joven y renovadora en el frondoso género chamamecero.
A
partir de entonces González Vedoya iniciará una intensa labor como letrista y
coautor de chamamés y otros ritmos litoraleños, que lo llevarán a componer
junto a Mateo Villalba, Antonio Tarragó Ros, Aldy Balestra, Mario Bofill y el
ya mencionado Pocho Roch. Entretanto su obra como poeta se desarrollará con más
sigilo, con algunas publicaciones esporádicas en periódicos correntinos, hasta
que en el año 2007 será primero homenajeado en el Teatro Vera de la Ciudad de
Corrientes con un espectáculo sobre su obra musical, y al año siguiente la
Subsecretaría de Cultura publicará Como
pan casero, un poemario que reúne la mayoría de sus mejores poemas
desperdigados en otros medios.
Luego
de este reconocimiento a su pluma, publicará aún tres poemarios – Agua de río, Interperie del alma y Gente
de mi pueblo – que ahondan en sus temáticas siempre presentes, porque como dijera el mismo González Vedoya,
“los que saben dicen que uno tiene una sola poesía toda su vida. Sólo se hacen
algunas variaciones. Yo también creo que uno siempre tiene un color de canto,
un motivo de canto hasta el final de su vida”.


Si
cualquier punto es bueno para acceder a la poética de Cacho González Vedoya,
elegiré por su papel fundacional el poemario Como pan casero, pues en este libro hallamos ya todas las
vertientes líricas que atraviesan su poesía y su labor como letrista del
chamamé. Este poemario es – como todo pan casero – rústico, hecho con pocos
ingredientes, de poca artificiosidad. Pero por ello mismo único, “con aura”
diría Walter Benjamin, ajeno a la posibilidad de reproducción, e indudablemente
irrepetible.
Tres
elementos predominan y se imponen en la poética de González Vedoya: la luna, el
río, el viento. A partir de estos tres elementos las canciones y los poemas se
abren hacia diferentes rumbos. No es casualidad su aparición reiterada y
combinada: los tres son símbolos del constante fluir. El río – la figura
preferida de Heráclito – siempre yendo hacia el mar, siempre el mismo y a la
vez siempre distinto; el viento que viene desde el norte y pasa por encima de
campos y hombres; la luna que camina su eterno ciclo creciente y menguante. El
fluir de la vida hacia la muerte se condensa en ellos, y es a partir de allí que
propongo entrar en la obra de este notable poeta.
De
estos tres elementos, el más vital es sin duda la luna. La luna es en el
folclore uno de los objetos más evocados; no hay que esforzarse mucho para
recordar Lunita de Taragüí de Edgar
Romero Maciel, Luna cautiva del
Chango Rodríguez o Luna tucumana de
Atahualpa Yupanqui. También en la literatura (sobre todo en la romántica y la
modernista) aparece la luna reiteradamente: en los Nocturnos de José Asunción Silva, en el Lunario sentimental de Leopoldo Lugones o en el uso que hace de
ella García Lorca en Bodas de sangre
o en su Romance de la luna, luna, por
citar sólo algunos ejemplos.
Lo
que tiene de particular la presencia de la luna en González Vedoya es que este
utiliza la prosopopeya para transformar al astro en un personaje pueblero, de
monte, pícaro, casi un pequeño pombero que interactúa con los habitantes de su
imaginería. En su canción más conocida, Por
Santa Rosa me voy al río, la luna anda de a pie y marcha con un atado de
ropas al arroyo, donde retuerce su delantal; luego anda suelta por el
campanario de Nati campanero, camina
detrás de Dominga la lavandera como
un perro fiel, se esconde de Cambá Rulito,
persigue a Dorico para pisarle la
sombra, florece en Tema correntino,
cae al río en Pacotillero. La luna es
el personaje más activo y cambiante de las canciones de Cacho González Vedoya.
Pero también se entreteje en sus poemas. En Conservo
en la memoria dice:
Conservo en la memoria
las calles de mi pueblo
la
luna era de adobe
y el cielo era un tejido
por donde se entreveía la
claridad de Dios
Es
interesante ver como en la canción El
patio y en el poema Es sólo un grillo
la luna es una luna niña que juega y discute con los insectos: En el poema dice
Ese pequeño grillo
desde un rincón del patio
cuelga y descuelga una por
una las estrellas
Con una luna llena juega a la escondida
pinta un cielo
redondo en el aljibe
enciende y pone de fiesta el jazminero.
Y en la canción:
El
patio de la casa y los jazmines
en donde empieza el cielo en los veranos
la
luna en la memoria del aljibe
y el río entre la arena dormitando
recuerdo
las palmeras en las tardes
como ángeles delgados hasta el cielo
y en cada espacio
libre de la casa
los grillos y la luna discutiendo.
En
otros poemas muerde el hocico de los perros (Este perro que ladra), asoma en un sombrero (Y Juan bajaba por la calle), o es “una canoa de luz sin remos y sin
proa” (Invocaciones). Pero la figura
de la muerte, de la fugacidad es también muy fuerte en la poética de González
Vedoya y alcanza incluso a la luna, que también mengua y muere: “Esta mañana se
murió la luna / vino un suindá y la trajo muerta” (Esta mañana). Y en un poema sin nombre: “Debajo del árbol / vestida
de pájaros /se murió la luna”.
El viento y el río también cobran a veces en las canciones de González Vedoya esta condición animada que es predominante en la luna: en Pacotillero el viento dibuja perfiles de monte y el río es un rayo caído a la tierra, el viento también trae el verano en Valdez carpinchero y recibe el saludo de los pastizales en Camino de Santa Ana, el río dormita en la arena en El patio o queda vacío cuando Dominga la lavandera se va por el camino. Pero ambos, viento y río, tienen una marca topográfica y regional precisa: cuando González Vedoya dice viento no habla de cualquier viento, sino el viento norte, (que los que viven en el NEA conocen muy bien), y el río únicamente es el Paraná. Todo lo demás es laguna, estero y arroyo. Para el poeta el río es constitutivo de su ser:
El viento y el río también cobran a veces en las canciones de González Vedoya esta condición animada que es predominante en la luna: en Pacotillero el viento dibuja perfiles de monte y el río es un rayo caído a la tierra, el viento también trae el verano en Valdez carpinchero y recibe el saludo de los pastizales en Camino de Santa Ana, el río dormita en la arena en El patio o queda vacío cuando Dominga la lavandera se va por el camino. Pero ambos, viento y río, tienen una marca topográfica y regional precisa: cuando González Vedoya dice viento no habla de cualquier viento, sino el viento norte, (que los que viven en el NEA conocen muy bien), y el río únicamente es el Paraná. Todo lo demás es laguna, estero y arroyo. Para el poeta el río es constitutivo de su ser:
Te siento
aparte
sobre un costado mío
sin cauce
quebrado en la mitad
con una sola
orilla
pero a la vez te llevo adentro
porque con algo de río
también yo
me voy haciendo” (Paraná).
Otro
lugar interesante para abordar la tensión que hay entre la poética literaria y
la chamamecera de Cacho González Vedoya es la de sus personajes puebleros y
urbanos. En sus canciones el poeta rescata a los hombres de Itatí, su pueblo, y
hace de cada uno de ellos el centro de una composición. Es que en el pueblo
todo el mundo se conoce, tiene nombre y apellido, y todos tienen además una
función, están integrados al entretejido social. Así surgen desde su infancia
el barrilero Sinesio, de la época en que había que traer el agua para beber del
río, el farolero Miguelito, la lavandera Dominga, el campanero Nati, el
carpinchero Valdez y el loco del pueblo, Dorico, ese que no quería que nadie le
pise la sombra. Cada uno de ellos a su vez fundido con su oficio, a tal punto
que no es posible saber donde se separan hombre de instrumento:
Nati
campanero, a tu campanario
le salpica el cielo sobre el corazón,
tus brazos
terminan en cuatro campanas,
y a los cuatro vientos le canta su voz.
(Nati campanero)
Todos estos personajes populares
pertenecen a los estratos sociales más bajos, y sobre ellos posa los ojos una y
otra vez para sus composiciones musicales. En los poemas en cambio, predomina
la mirada urbana; escritos desde la ciudad de Corrientes, se hace visible la
diferencia enorme entre el pueblo - en que todo el mundo se conoce - y la
ciudad, donde las relaciones interpersonales están reducidas al grupo del
entorno individual. Son individuos sin nombre, despojados del universo que los
rodea, por eso dice: “Hay un hombre pequeño sentado en el boliche / bebiéndose
de a poco / el gris de su camisa / Hay un hombre pequeño / que se mira en el
vino / como si se estuviera mirando por adentro” (Hay un hombre pequeño) y ni nosotros ni el poeta podemos saber más
acerca de este hombre anónimo.
Como
González Vedoya ha formado su visión de mundo en el pueblo donde no se vive
puertas adentro sino en la calle, en contacto con cada uno de los vecinos; por
eso una vez en la ciudad continúa buscando identidades, y desde ese lugar
describe a los personajes marginales que, a diferencia de su Itatí, no están
insertos funcionalmente en la sociedad, sino que llegan a preguntarse incluso
existencialmente sobre el sentido de su vida. Dos cirujas piensan sobre lo real
de sus existencias a la manera de La
vida es sueño de Calderón de la Barca:
Los dos somos un sueño con tanta
mala suerte
que un perro nos soñó una siesta
por eso no tenemos dueño
lo
que nos tiran o nos dan comemos
y nos gusta dormir en la vereda”
(Lo que escuché decir, de un ciruja a otro).
Estos
personajes – al igual que el hombre pequeño del bar – no tienen nombre, son
simplemente roles sociales: borracho, ciruja. Hay sí una serie de poemas que
llevan por nombre Juan que, más allá de su nominación, adquieren cierto
carácter genérico: Juan el poeta, Juan el
mudo, Juan el changarín del Piso, Juan el ciego. Todos estos Juanes
marcados por la miseria y las penurias recuerdan inevitablemente a Los nadies de Eduardo Galeano o a La saga de Juanito Laguna de Antonio
Berni. Son personajes desplazados, que sobrellevan estoicamente su pobreza,
hasta su inevitable final:
Murió el changarín del Piso
muerto está como
dormido
anda de changa la muerte
murió el changarín del Piso
Cruza la
calle la muerte caminando despacito.
(Juan,
el changarín del Piso)
Vuelve
a aparecer la muerte, el otro gran tema de la poética de González Vedoya. No
sólo la muerte atrapa a la luna y a los hombres marginales, sino que incluso
podemos encontrarla en los barcos hundidos en el río (El barco hundido), en el recuero del padre (Me muero por morir como mi padre) o aún de su perra: “Y el morirse
no fue nada / lo que le puso triste fue el no poder decirme en palabras / lo
solos que se quedan los hombres en el mundo / cuando se muere una perra”.(A mi perra Yeniflor a cinco días de su
muerte)
Incluso
ve morir al naranjo, “de pie y en silencio y mirando el cielo” (Mi viejo naranjo). La muerte está
omnipresente en sus poemas: siempre el río llega a su delta y se disuelve en el
mar, el viento finalmente cesa, la luna desaparece. Pero González Vedoya no
deja en esta melancólica nota el final de sus reflexiones, sino que busca aún
un nuevo sentido a esta muerte: como dice el epígrafe con el que empezamos este
artículo, la palabra que cae germina y vuelve a nacer, el poeta no muere jamás
sino que a cada muerte le sigue una nueva vida, al igual que la luna nueva y
creciente:
Canto raigal
a ras del llano de mi sangre
provocando al poeta
al que sólo rasguñó la muerte
devuelto en luz
desde la misma hondura de la
vida”.
(Canto raigal)
El
eterno retorno del poeta asegura así la interminable vuelta de la música y el
verso; el río vuelve gracias a la lluvia, el viento vuelve a soplar y la luna a
nacer. La poética de González Vedoya es entonces una poética del cambio
perpetuo y la renovación, por medio de la muerte, hacia una nueva vida.