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lunes, 17 de octubre de 2016

12- Julián Zini


Si hay un lugar de la tierra en el que la poesía se empeña en volver una y otra vez a su primigenia relación con la música, es Corrientes. Esa poesía que cuenta, describe, denuncia, nos hermana con los aedos homéricos, con los lejanos cantores-improvisadores que no buscaban el verso exacto, el detalle preciso en la memoria, sino que recreaban las historias cantadas cada vez que la ponían en verso, reteniendo lo esencial del mensaje y cumpliendo una función ritual y social a la vez. Allí es donde viene a insertarse Julián Zini, introduciéndose en ese espacio ancestral, y por ello no es sólo pa´i en el sentido que ha tomado este vocablo en el guaraní moderno (el de “sacerdote”), sino que es también karai en el sentido en el que se refiere Helene Clastres en La tierra sin mal: un portador nómade de la palabra sagrada, que va de pueblo en pueblo llevando las ñe´e porâ, las bellas palabras que sólo él puede transmitir. Pa´i Zini es nuestro karai viajero, el que lleva el canto como un aedo y que es recibido en cada lugar que quiere escuchar su mensaje. Por eso este poeta correntino se ubica en los confines de la separación de la poesía y el folclore.



Julián Gerónimo Zini Gallardo nació en Paraje El Centinela, Ituzaingó, en el 29 de septiembre de 1939. De chico su vida transcurrió “orillando el Miriñay”, en el departamento de Monte Caseros, y de allí marchó a Corrientes y La Plata para seguir sus estudios teológicos y ordenarse sacerdote en 1963. Radicado luego en Mercedes – donde ejercía su labor pastoral –, Julián Zini se acercó durante la década del `70 al Joaquín “el Gringo” Sheridan y Julio Cáceres, quienes formaban un grupo que acabaría siendo Los de Imaguaré. Las canciones que nacieron de la confluencia con Cáceres, con Sheridan, Tito Gómez, Romero Maciel, Mario Bofill se sostienen por su propio peso, adquiriendo algunas de ellas el carácter de himnos chamameceros; por ejemplo Compadre qué tiene el vino, o Avío del alma, o La cruz de la pobreza.

Simultáneamente a estas dos actividades, la de la música y la religión, Zini realizó una profunda investigación sobre la cultura popular de la región guaranítica y de la provincia de Corrientes, que lo llevó a conocer en profundidad la obra de Antonio Sepp y del sacerdote jesuita Guillermo Furlong entre otros, y a valorar las manifestaciones de la religiosidad popular – como la de la Cruz Gil y otros santos y venerables de la gente de la región – y adoptar una actitud de apertura hacia estos cultos. Fruto de esa intensa labor nacen innumerables libros escritos en soledad o en colaboración, como ser Ñande Roga Mercedes Corrientes (1991)Camino al chamamé (1994), La Pura y Limpia Mamá Ama de Itatí, Nuestro canto (2000), El árbol de nuestra identidad (2000), Avío del alma (2006), Memoria de la sangre (2006 y 2008) y Chamamé un modo de ser (2007). Posteriormente Zini será destinado como Vicario episcopal para la Cultura en el Obispado de Goya, y formará su propio conjunto Néike Chamigo con el que sigue actuando.


  



La obra de Zini goza de una circularidad propia de quien sabe cuáles han de ser sus caminos por recorrer: la identidad correntina, el chamamé, la religiosidad católica y popular, el éxodo rural. Por ello en cualquiera de sus libros puede uno internarse indistintamente en estos tópicos; la suya - una obra fundamentalmente ensayística y poética - es una obra vital y enraizada en estos pilares, que son los que forman "el árbol de nuestra identidad" según su propio decir. Por ello esta vez en lugar de salpicar aquí y allá de diferentes libros, nos centraremos en uno solo que a la vez habla por todos: Nuestro canto.

 


El libro Nuestro canto, prologado por Bernardo Ranalletti, está estructurado en cinco secciones, cuatro de ellas con ocho poesías cada una y la última con un largo poema de 36 estrofas que hace un resumen y cierre de todo lo antes expuesto. Muchos de los poemas que en el libro aparecen son ampliamente conocidos por formar parte de los recitados  que realiza Zini con su conjunto, o por formar parte del repertorio de grupos como Los de Imaguaré e Integración, entre otros tantos grupos. Estructuralmente hablando, hay una predominancia entre sus poemas del endecasílabo, verso de largo aliento que aparece muchas veces junto a otras formas de la poesía en lengua española. La rima es asonante, con la característica particular de que los versos impares suelen ser de acentuación grave y los pares de acentuación aguda; esto cumple dos funciones: la primera es la de dar más  fuerza al remate de la estrofa, la segunda la de facilitar el cierre con vocablos en guaraní, donde predomina dicha acentuación:

Yaguarón, rostro amable de la Tierra,
la provincia de Vera y allí mi Taragüi;
Juan Torres, el Tupi, Fray Luis Bolaños,
Y esa Cruz que alumbró el arazatí.
(…)
Con más de cuatro ejércitos anduve
repartido en mis ganas de servir;
y fui primera lanza en esa guerra
que enlutará mi suelo guaraní.

Aún me cuesta entender tan mucha muerte
y no me cicatriza todo el dolor aquel;
quisiera saber bien quiénes me usaron,
quién inventó esa guerra y para qué.
(Memoria de la sangre)

Hay que aclarar por supuesto que todo el uso de recursos estilísticos en la obra de Zini está orientado no al embellecimiento puro y raso de la palabra poética, sino que  subordina la construcción estilística al proyecto político-cultural que lo acompaña; la poesía en Zini busca ser ese enlace entre el pasado y el presente con miras a una construcción superadora, y por ello es que a la hora de analizar su poesía debemos recurrir a dos tradiciones organizadoras del discurso oral, ampliamente imbricadas: la de la retórica y la de la homilía.

 


La tradición de la retórica nos adentra en el mundo griego clásico, donde era fundamental tener un manejo profundo del arte de convencer por medio de la palabra para lograr el voto a favor de los conciudadanos. El ágora, asamblea en plaza pública, era una de las instituciones principales de los griegos, y allí los hombres importantes tomaban la palabra uno por vez para pronunciar su agón, en donde exponían su posición, que luego era sometida a voto. En textos que se remontan a la antigüedad preclásica ya aparece esta modalidad, como en los del antes nombrado Homero. En su Ilíada vemos continuamente a Agamenón, Néstor, Aquiles y Odiseo debatir en la asamblea sobre cómo seguir llevando adelante la guerra contra Troya. De los griegos esta tradición de la retórica pasará a los romanos, donde será utilizada en sus tribunales y como recurso adscripto al derecho, por lo que abundarán los maestros en este arte del buen decir, el principal de ellos Quintiliano. Finalmente en la tradición medieval se irán estableciendo unos preceptos a partir de los cuales se organizará el discurso oratorio.

Lo central en la retórica es lograr la persuasión del auditorio; ello se logra apelando a diferentes recursos de estilo que organizan el discurso, siendo los elementos estructuradores más universalizados los siguientes:

    1-    Exordio. Es la primera parte del discurso, y “tiene por objeto preparar el ánimo de los oyentes para que presten su atención y benevolencia”:

Con permiso, que traigo mis amigos
florecida en un canto mi verdad;
esta hermosa y doliente verdad del alma mía
que hace tiempo les debo, y aquí está.
(Memoria de la sangre)

     2-    Narración. Es donde se exponen y narran los hechos de los cuáles se propone hablar el orador. Aquí enumera, describe, relata; ya se ha ganado a su público que lo escucha atento:

Primero nos podaron el idioma,
porque éramos indiada
y hablar el guaraní fue y es pecado,
porque es cosa de menchos, guarangada.

Después vino la Moda, y procuraron
quitarnos esta traza;
esta forma de andar de antigua hombría,
que tenemos de bota o de alpargata.
                        (Nuestro canto)

    3-    Argumentación. Aquí es donde el orador presenta pruebas, refuta lo que otras sostenían en contra suyo y confirma lo que él ha venido afirmando a lo largo de su discurso:

Pero que no se equivoque
en su avance triunfalista,
puede estar globalizado
y tener toda la guita,
pero que vaya sabiendo
que San Martín es Consigna
y hay Cabrales y Andresitos
que han de jugarse la vida.
                        (Malvineros)

    4-    Peroración. “Es la última parte del discurso, y su objeto es reforzar las impresiones producidas y presentar las cosas desde el punto de vista más favorable, ya recapitulando las principales razones, ya moviendo definitivamente los afectos”:

Hay que volver a ser Latinoamericano
y hay que tratar de ser Universal,
pero en base a seguir siendo Argentino
¡ese hombre nacido y crecido en la patria del pan!
                                   (Provinciano desterrado)

La homilía es un género propio de la exégesis bíblica, por medio del cual el sacerdote se dirige a los fieles de manera tal que pueda hacer entendible, iluminar la comprensión de la lectura bíblica, es un puente entre el texto sagrado y la vida cotidiana. Y, sobre todo, una actualización al presente de dicho texto, una propuesta de aplicación a la cotidianeidad de la vida de los fieles. Comprender la palabra sagrada, aplicarla a la vida cotidiana y servir como elemento de cohesión de la comunidad. Todo ello hace Julián Zini en sus poesías, hay un principio pedagógico que les da un orden y un fin, y esto sobre todo es evidente en Padre Dios, bendícele a mi pueblo chamamecero, resumen por un lado de las creaciones de Dios (tierra-agua-fuego-viento y todo lo de ello derivado), y por otro las formas de expresión y aprehensión del pueblo (ojos-boca-oídos-pies-pensamiento) con un cierre y bendición final. De manera un poco más secularizada, el esquema se repite en Memoria de la sangre, donde Zini pasa revista del ser correntino, y compendia historia, sentimiento, tradición, todo aquello que podríamos resumir con la palabra identidad.



El poema Padre Dios, bendícele a mi pueblo chamamecero del que hablara más arriba es un manifiesto; este es un dato no menor, porque el poemario Nuestro canto se abre y cierra con manifiestos, otro género central para la configuración poético-cultural de la obra de Julián Zini. El manifiesto es un género que en lo político suele ser una puesta en claro de objetivos y finalidades de un determinado grupo, y en lo estético suele ser una declaración de estilo, de propuesta artística. Hay en los dos manifiestos de este libro más de lo primero que de lo segundo; por supuesto que no hay que olvidar que el primero de ellos, Convicción chamamecera, fue escrito en 1985 – en colaboración con Julio Cáceres y Román Vallejos – para la apertura de la Fiesta del Chamamé. En él Julián Zini revela, pone en evidencia todo lo que hay de intangible en el correntino; a la pobreza material le contrapone la riqueza cultural-espiritual:

Si entendemos la cultura
como la totalidad del esfuerzo
que emprende el hombre
para realizarse
en su relación con la naturaleza
con su semejante y con Dios,
podemos afirmar
que somos un pueblo culto
(Manifiesto convicción chamamecera)

Al igual que en la obra de Marily Morales Segovia, el pasado reciente está presente en la de Julián Zini, cobrando particular relevancia la guerra de Malvinas, que tanto duele al pueblo correntino. Zini escribió junto a Mario Bofill la canción Los Ramones, donde condensa en un puñado de nombres propios la vida de tantos “que dejaron sus huesos en Malvina y Soledad”:

Por todos nuestros Ramones, por su maestra de campo
por tantas y tantas madres de este largo dolor patrio.
Soñando su viejo sueño, mi corazón estafado
sigue gritando ¡presente! ¡viva la patria, carajo!
                        (Los Ramones)
           
En el poemario Nuestro canto hay un largo poema, Malvineros, donde vuelve a tocar la cuestión pero sin quedarse solamente en la reivindicación y la memoria, sino apelando también al duro presente de los excombatientes, y llamando a la solidaridad y organización de los mismo, para hacer frente a las penurias y reclamar lo que les corresponde. De nuevo vemos el poema en su función conativa, llamando a la acción a sus destinatarios principales y a todo el pueblo por extensión.



La sección más puramente “poética” del poemario quizás sea la III, que agrupa un conjunto de poesías que tiene por destinatarios a grandes chamameceros: Ernesto Montiel, Isaco Abitbol, Cambá Castillo, Antonio Niz, Quique Sorribes y un par de poemas que pretenden hablar de todos los músicos, conocidos o no. Por ser nomás guitarrero es de ellos el más logrado, en tanto encierra en un puñado de versos el destino casi universal del guitarrero; el comienzo exitoso, el sueño de fama y renombre, la soledad de la elección de la música antes que la pareja, el olvido y la muerte, que no le caen al músico de la nada, pues

Un poco habrá sido el vino
que suele ser traicionero
y otro poco su destino
de ser nomás guitarrero
                                   (Por ser nomás guitarrero)

martes, 9 de agosto de 2016

10- Velmiro Ayala Gauna

Bienvenido Velmiro Ayala Gauna es el escritor correntino que menos necesidad de presentación tiene; sus cuentos continúan reeditándose y leyéndose en diferentes escuelas y universidades del país, como fiel ejemplo de un momento particular de la literatura nacional, cuando el auge del regionalismo y el costumbrismo dieron sus notas más altas a lo largo y ancho de todo el territorio, o cuando dio en fundar una suerte de "policial rural". Y allí termina la lectura que muchas veces se hace de este polifacético autor.




Yo propongo hoy un recorrido un poco diferente; no solamente el del famosísimo detective de Capibara Cué, Don Frutos Gómez, sino también el Ayala Gauna ensayista, poeta, novelista, guionista y docente. El que no calló injusticias y el que supo promover a escritores jóvenes en su revista La Diligencia. Un Ayala Gauna que, parafraseando a Borges, aunque es otro, es el mismo.

Un 22 de marzo de 1905 Velmiro nacía en la ciudad de Corrientes, ciudad que abandonaría a los 19 años para ejercer la docencia en Santa Fe, provincia en la que residirá hasta su muerte. Situación que es muy común entre los escritores correntinos, pero que no significa por ello un abandono de las vivencias de la infancia y primera juventud sino muchas veces lo contrario: los paisajes y personajes de su provincia natal quedan sellados en el recuerdo del autor. Claramente don Velmiro no es la excepción sino más bien uno de los creadores de tipos y, de ellos, el más potente de todo es el de Don Frutos Gómez, el comisario rural de sus cuentos. Pero antes de llegar al policial Ayala Gauna explora otros géneros y profesiones. Una de ellas es la escritura de la música (de la letra en realidad) para el film Viejo Barrio, estrenado en febrero de 1937, en lo que será su primer encuentro con el cine.

 

Junto a su labor docente en colegios, institutos y universidades desarrolla una intensa participación radial de la que nacerán sus dos únicas obras ensayísticas publicadas en vida: La selva y su hombre (1944) y Litoral (1950); esta última fue premiada por la Comisión Nacional de Cultura. Hay una clara evolución en su pluma en esos seis años: Ayala Gauna empieza a manejar el género ensayístico y no se limita solamente a recopilar información sobre el hombre del nordeste, sino que arriesga hipótesis como en el artículo sobre "El mate":

"En esta civilización del mate podemos distinguir dos etapas; la del mate amargo y la del mate dulce. Los hombres del mate amargo fueron sencillos y sobrios, audaces, amantes de la tierra y humildes en sus hábitos. (...) La instrucción, la ambición, las condiciones sociales o telúricas pudieron dar un matiz diferente a sus virtudes o defectos pero en el fondo tenían idénticos sentimientos.(...)
Cuando al áspero y másculo brebaje se le quitó el amargor con el azúcar o se le dio otro perfume con la menta, el toronjil o la cáscara de naranja cambió la psicología de su pueblo. La mujer de espectadora pasó a ser el centro de los corrillos. Ella le dio un lenguaje particular y un nuevo contenido. Los hombres del mate dulce fueron más refinados pero menos sinceros, fueron más complicados pero menos virtuosos. (...)
Primitivos, rudos y valientes los hombres de la primera etapa fueron soldados, conspiradores o aventureros; los de la segunda se conformaron con ser políticos, comerciantes o artistas"

Al tiempo que desarrolla estas actividades, madura en Ayala Gauna el cuentista. En algunos de sus textos - aún en su único libro de carácter histórico Rivadavia y su tiempo (1952) - la veta narrativa y plástica que tanto caracterizará a su pluma empieza a presentarse, pero será con Cuentos correntinos de ese mismo año y en Otros cuentos correntinos (1953) que tendremos al Ayala Gauna que se recuerda, al eximio cuentista y constructor de ambientes rurales. Con todo hay algo que sobresale aún más y que será constante en su obra: la defensa innegociable de la clases populares. Ayala Gauna denunció el abuso ejercido sobre ellos y defendió a los trabajadores del campo y el monte desde sus cuentos y sus ensayos; pero también - algo que es muy poco conocido - combatió la imagen del "hombre lobo del hombre" en su poesía y su obra de teatro. En el comienzo mismo de Otros cuentos correntinos dice:

Y solito nomás me voy a defender de aquellos comprovincianos que me han reprochado que en mis libros me olvidé un poco de las bellezas de la tierra, que no insista sobre las glorias de nuestros héroes y no vuelque alabanzas para ensalzar las virtudes de la raza...
Tienen razón. Es cierto. Pero junto a la grandiosidad del río con sus aguas rumorosas, a la par de la roca brillante como el lomo de un cetáceo, sobre la arena dorada florecida de policromos filigrana de espuma, yo he visto al pobre cunumí descalzo, con un pantalón hecho jirones sujeto por un piolín lleno de nudos, agotado por la anquilostomiasis, acechado por la tuberculosis, sumido en la ignorancia y... eso me duele. (...)
He viajado en los barcos que suben y bajan las arterias fluviales y,  mientras arriba se goza, se conversa y se ríe, abajo en la tercera se amontonan los pobres correntinos que van a servir de soldados en el Escuadrón de Seguridad, de changadores en los puertos, de sirvientas, cocineras o lavanderas en las grandes ciudades o de pobre carne vendida en los burdeles y...eso me duele.

 


Y por ello a la propuesta estética acompaña una ética: visibilizar y denunciar, romper con el silencio al que las clases superiores empujan a los peones y al que las clases subalternas están condenadas por su falta de instrucción. En los cuentos de esta primer saga (Cuentos correntinos y Otros cuentos correntinos) los personajes no se describen sino que aparecen definidos en acción: la abuela que cría y crea a sus nietos machos, los maestros y maestras rurales que ponen la vocación y la entrega por encima de sus intereses personales, los mariscadores que creen dominar el río pero que siempre hallan en él un desafío y quizás la muerte... también la figura de su padre - a quien está dedicado el primer tomo y de quien cuenta su entereza humana en "Don Ramón, mi padre" cuando, al ser el lector de las cartas que el hijo embarcadizo de doña Candelaria enviaba y enterarse que este ha muerto, decide continuar escribiéndolas él para no destrozar el corazón de la madre. También en estos libros es que empieza a perfilarse la figura de Don Frutos Gómez, el comisario, con la que hará tanto éxito.

  


Pero a Ayala Gauna aún no le interesa tanto internarse en un ruralismo vacío de sentido sino más bien penetrar en la esencia del mensú, del hachero, del peón y desnudar - de una manera cruda y muchas veces incómoda - el daño que la falta de ciertos capitales culturales - sobre todo, el saber leer y escribir - generan sobre estos paisanos. En esa línea continúa su novela Leandro Montes (1953), única obra de este género publicada en vida.

Posteriormente vendrá el período de mayor producción y difusión de su obra, su edad dorada: en 1955 publica Cartas de correntinos que pretende "respetar" el habla y la escritura de las clases subalternas de Corrientes, y Los casos de don Frutos Gómez, donde su comisario de Capibara Cué alcanza reconocida fama. Paranaseros (1957) y Don frutos Gómez, el comisario (1960) completan la producción de este período, que está atravesada al medio por la película que el director italiano Catrano Catrani dirigiera con su mentado comisario por personaje principal: Alto Paraná, estrenada el 18 de septiembre de 1958 y por el film Don Frutos Gómez, dirigido por Rubén Cavalotti y estrenado el 4 de mayo de 1961. Alto Paraná es una película más bien "chata" y muy aferrada a los cuentos de Ayala Gauna, pero que encierra un conjunto de inestimables virtudes: la dirección musical de Herminio Giménez, la melodía de "Kilómetro 11" sonando en pantalla nacional y la emergente voz de una joven Ramona Galarza.

  

Sus otros libros y ensayos, Por el Alto Paraná (1965) y Perurimá (publicado póstumamente en 1975) continúa y retoma las mismas vertientes que tanto trabajara en los libros anteriores. Junto con ello su profunda convicción en constuir un espacio propio para los escritores nóveles del Litoral a partir de su revista La Diligencia terminarán de perfilar la imborrable impronta de este correntino.

Hay, sin embargo, una zona de la obra de Ayala Gauna que ha quedado en la sombra, y que es llamativo en tanto muestra y desnuda la densidad de su pluma: me refiero a su obra de teatro editada, y también a su poesía inédita. El teatro de Velmiro Ayala Gauna se resume a dos volúmenes: Teatro de lo esencial (1955), que lleva dentro dos piezas teatrales, "La pulsera" y "Muerte con palabras", y ¿De qué color es la piel de Dios? (1964), que también contiene dos piezas, la de nombre homónimo al volumen y "Cuando madura la noche".

  

"La pulsera" es una historia de infidelidad en la que no son tanto las palabras sino la disposición de la iluminación y ciertas alusiones invisibles toman un primer lugar; no es lo que se cuenta sino lo que se muestra lo que va revelando al marido - y al espectador - los hechos. En "Muerte con palabras" en cambio, vemos un escenario con pocos elementos que cuenta sin embargo una historia atroz: la muerte del personaje después de una severa "interrogación" policial. La idea subyacente de la tortura y el abuso de autoridad en esta obra de 1955 revela el carácter plenamente político de la obra de Ayala Gauna.
Nueve años más tarde, en "¿De qué color es la piel de Dios?, el autor hace una intensa crítica al racismo imperante en los Estados Unidos. El relato de Arturo, un joven de piel negra, al Padre Luis cuando va a llevar flores al cementerio a sus padres y se entera que han arrojado los huesos de estos al osario para agrandar el panteón de un blanco hablan por sí solos:

- No es crueldad padre, sino simplemente mentalidad de un blanco. Para los blancos nosotros no podemos tener ni siquiera el lujo de los sentimientos... ¿Acaso van los perros a llorar sobre las tumbas de sus padres? y nosotros somos eso, ¡perros!  perros y muchas veces menos aún que ellos.
- Ya te olvidas del tema nuevamente.
- ¡Ojalá algún día pudiera olvidarme fácilmente de mi color de piel! pues fui al osario y busqué... allí había miles de huesos; grandes, medianos, chicos, algunos frescos, con pedacitos de carne pegados aún, y otros viejos y casi hecho polvos. Y, ¿sabe una cosa, Padre? Todos los huesos eran blancos. ¡y allí había de negros y de blancos, de rojos y de amarillos, de todos los colores en su  existencia terrenal pero que ahora, después de muertos, ¡eran blancos! sólo después de muertos, Padre, los negros igualamos a los blancos.

El año que viene, un 29 de mayo, harán 50 años que no tenemos a Ayala Gauna, un escritor que supo pintar como pocos su tierra y denunciar por medio de su escritura la exlotación a la que fue sometida el hombre del Litoral y del mundo entero. Un escritor al que muchas veces reducimos a un simple parodista del género policial, pero que excede este registro por todos lados. Un cuentista, un dramaturgo que también fue poeta, un poeta que se llevó al silencio de la muerte versos tan directos y sentidos como los que cierran esta nota:

El hachero

Los capitalistas de Wall Street o
los accionistas de la City, en Londres,
no sabían su nombre,
ni siquiera conocían su existencia.
Para ellos “that company in South America”
era sólo un papel
que destilaba oro en dólares o libras esterlinas.
Sin embargo, aquí estaba la tierra,
leguas y leguas de tierra,
y de árboles,
y entre ellos había hombres, mujeres y niños
trabajando desde el alba hasta el crepúsculo
en una larga agonía de miserias,
para alimentar con sangre los gruesos dividendos
de lejanos magnates que no sabían
ni el nombre criollo de sus obreros.
Ni el nombre criollo de Liberato Sosa,
el hijo de Dominga Sosa y un hombre,
uno de los hombres que hicieron noche en el rancho
cuando ardían en las sombras las luciérnagas
y olía a humus la tierra humedecida.

Se escupía las manos y el hacha iba y venía,
cortaba el aire y abría heridas
en la carne vegetal;
iba y venía
como un péndulo que fuga y que regresa,
como un palpitante corazón: toc… toc…
como un pájaro carpintero horadando los troncos;
iba y venía
desde que cantaban los gallos
sacudiendo la noche de sus alas,
hasta que la primera estrella
le hacía guiños, como una mujer,
desde la ventana del cielo.

Un día,sus ojos cegados por el sudor no vieron
un tronco que caía
y lo sacaron con las costillas molidas
y el corazón reventado como un tomate podrido
pero con las manos aún cerradas
sobre el mango del hacha.

Liberato quedó en un rincón del monte para
que su carne nutriera las raíces
de otros árboles que arrojarían dividendos
para esos gordos señores que no sabían
el nombre de los hombres
de “that company in South America”.
Y en manos de otro criollo
iba y venía el hacha
desde el alba al crepúsculo…

martes, 16 de febrero de 2016

1- Martín Alvarenga


Tal vez a muchos de ustedes hayan leído una infinidad de veces esta máxima escandalosamente correntina que está grabada en el mural de Plaza Italia:


¿Quién es ese escritor que afirma con semejante desparpajo algo que - visto aislado de su contexto - alimenta el ego del correntino hasta el infinito? un escritor que aún escribe, que aún produce nuevas ideas y que aún nos tiene prometidas un par de obras fundamentales que en cualquier momento llegarán. Un escritor que a punto estuvo de ser devorado por la ciudad en la que "Dios atiende" como dice el dicho popular, pero que eligió volver a brillar o ser sombra en su provincia natal.

Martín Alvarenga a los 27 años


El Martín Alvarenga que se fue a los veintisiete años a Buenos Aires probablemente no tuviera pensado volver algún día a Corrientes. Con un libro editado (Catarsis, 1968) y muchos poemas en carpeta, con publicaciones en revistas de Buenos Aires y La Plata, y sobre todo con el premio de poesía de la revista Macedonio, Alvarenga iniciaba una larga trayectoria literaria que estaría dominada en esta primer etapa por la poesía. Sus primeros cinco libros así lo demuestran. Tras la edición en 1971 de los Poemas ganadores por Ediciones de Macedonio, publicaría con la editorial Carlos Lolhé dos libros más continuando esa frecuencia trianual: en 1974 Drogados por la luz y en 1977 Cantando como si naciera.

 


Durante ese lapso de tiempo también se daría una maduración y cambio de rumbo en su poética, que se volvería menos metafísica y mas intuitiva; atravesada por sus lecturas y relaciones con la poesía beat, el movimiento ecologista, el rock nacional emergente, la contracultura setentista, la mitología latinoamericana, Alvarenga profundizaría con sus publicaciones en las revistas Contracultura, Mutantia Eco Contemporáneo en el encuentro de una mirada holística, panóptica, que excedía a la simple cosmovisión occidental. Al integrar en su obra desde los antiguos cantos de los guaraníes a la filosofía zen, de Arguedas al bebop del jazz, Martín Alvarenga trata de convertir a la poesía en su modo de sobrevivir no sólo a Buenos Aires, sino al peso de toda la civilización occidental:

es violenta esta ciudad
es duro el rostro el brazo tenso
sin la canción no se anda
dijo el viejo Whitman
y dijeron otros que cantaron y amaron
a pesar de los golpes
doloroso es el camino
y los poetas andan lo mismo
alegres al fin
y aman y se acercan a la ribera
a pesar del cobalto y las llamas
llegan al agua
bautizan la boca
persignan las manos
dudan y tienen fe
y aflojan los dedos para acariciar
                                       una cara llagada

(en Drogados por la luz)

En otro extenso poema de Cantando como si naciera ("Misión silábica"), dice que "podría contar una historia con miles y miles de pedazos de poesía"; y esto es importante pues aún en su narrativa posterior nunca dejará de estar atravesado por el poeta que no se preocupa tanto por la narración sino más por la reflexión, la pregunta sobre el ser hombre, latinoamericano, occidental y, sobre todo, correntino:

mi país es la piedad revolucionaria el universo andante
la mano alzada desde el rancho hacia el fuego
                         y los jejenes zumbadores
(...)
mi país adolescente o continente niño capa geológica descolgada de su germen
mate cocido o recrudecido yerba colosal y colérica
(..)
mi provincia bordalesa con alas reavivada en el verano por brujos que andan con un racimo de lagunas ojudas o místicos anónimos que se mueven como astros
(...)
sábalos bogas rayas y palometas masticadoras viajan cimarronamente intuyen el viento norte como una renovación de las aguas
en un junquerío en un Panal de Hierbas hay hoyuelos donde Ñanderú vuelca el agua para que nazcan lagunas
soy uno de sus ciervos un alfarero que toma manojos de cielo y barro
un solitario apareado con mi sitio hasta los orígenes: iluminado enterrado y recontrarrenacido
(...)
el Paraná es un sancho panza y un tupí y un buda un samurai con escamas y un crucifijo una honda que apunta a la curva del sol y deja escapar un semen todopoderoso
(...)
mi País Adolescente mi barrio mi aldea la luz de la siesta sin orificio de salida
mi tribu en penumbra a la que abrazo con mi desesperación o mi euforia o mi triunfo o mi protección
PODEROSO ESTADO SOLAR o poderosa Civilización de Luna Llena mordida por un cielo arrancador de vírgenes
herencia instintiva bajo el cuero de las tierras bajas hacia el mundo de afuera por rabia y acumulación
PAÍS SABIO torturado amasijado primitivamente

("Corrientes", en Cantando como si naciera)

Luego de esa experiencia porteña de 13 años, un día pegó la vuelta. No sólo traía su gran producción poética a cuestas (la que siguió creciendo en 1984 con Flotilla de fábulas, que ganaría el Premio de la Subsecretaría de Cultura de Nación para la región NEA) sino que la génesis de un Alvarenga narrador estaba gestándose, y con ella una nueva aventura literaria aún no concluida: la saga Travesura Fantástica. En principio planteada como una trilogía de novelas, tras la publicación en 1986 de La bolsa de los magos y en 1988 de País alucinógeno (novela con la que Alvarenga siguió con su mala costumbre de ganar premios, esta vez el del Fondo Nacional de las Artes) se colaría dentro de esta saga un libro de cuentos: Los fantacuentos, que verían la luz recién en 1998 más por razones coyunturales que literarias (entre medio de ambos libros hubieron dos fenómenos por todos conocidos llamados hiperinflación y menemismo). Con ello la saga continúa hasta el día de hoy abierta, pues la novela de culminación prometida se ha desdoblado en dos novelas aún inéditas.



En esta saga Alvarenga se propuso plantear la dupla semántica identidad/otredad en cuanto al ser y el sentir del hombre latinoamericano y subtropical. No hay que ser muy sagaz para identificar el aluvión de elementos autobiográficos que el personaje (Martín Alves) desarrolla en los tres libros, junto con sus experiencias y reflexiones, y la irrupción de un personaje ("Azafrán Galaxia") que tiene algo de Pombero y de guía. La saga comienza en La bolsa de los magos con la vuelta de Martín Alves a Corrientes, su reencuentro en la terminal con el mundo y el hombre correntino, con el paisaje atronador por lo vegetal:

"Yo pensaba y pensaba que allí estaba la utopía. Cuando una tierra es luminosa y su vegetación lastima la memoria, uno empieza a pensar que nació en un lugar donde los dioses empezaron a hacer el mundo y acaso el universo" . (pág. 11)

Pero la mirada de este "regresado" es una mirada crítica, encandilada por aquello que es invisible a los ojos del que nunca ha marchado de Corrientes, pero al mismo tiempo desnuda hacia las prácticas políticas y sociales que considera estigmas:

"Hice un recorrido y advertí dos banderas haciendo equis sobre una pared lateral. Una azul y la otra bordó, símbolo feudal de una ideología afincada en la ignorancia y en la pobreza de Corrientes" (pág. 38)

"Tengo tantas cosas que decir tantas cosas que hacer tantas cosas que hace mucho he dejado de decir por distintos motivos personales y sociales por carencias mías por presión del medio cuando un poeta no se aviene a engorrosas camarillas" (pág. 242)

El devenir de ambas novelas atraviesa dos espacios geográficos definidos (Corrientes-Buenos Aires) en donde es acompañado de su amigo Ricky y un conjunto de mujeres (femme fatales y sumisas, sabinas las llama Alves), y un espacio mental, de introspección, en el que el duende Azafrán Galaxia hace de "piloto de tormentas". Y esa búsqueda que ahonda en País Alucinógeno nos pasea por la mente de Martín Alves hasta el origen de su escritura:

"Cuando tuviste que dejar por primera vez tu aldea perdiste las palabras te quedaste mudo en relación a tu lenguaje original no podías escribir sufrías porque no tenías con qué expresarte eras un huérfano lingüístico un huérfano de tu propia alma te habías desgarrado y fisurado el numen que se estacionaba en el sótano de tu interioridad había que renovar las palabras es decir la circulación de tu sangre en aquel primer cambio que habías vivenciado entre el miedo y el deleite sentiste un mareo en la ciudadela cuando perseguías el lenguaje en un intento de engordar la escritura con la vida el pensamiento debía ser traducido en palabras vivas no había otra." (págs. 71-72)

Y en esa búsqueda en que añora y desprecia Buenos Aires pero ama y desprecia su aldea finalmente Martín Alves encuentra la manera de vivir y escribir desde su patria chica:

"- Traté de ver el lado positivo de Corrientes - sugería Martín Alves
- ¿Qué lado positivo?
- Cómo es este pueblo. Tenemos que verlo desde el lado de la cultura marginal. Esa que no está en los libros, salvo en los de antropología. Ellos tienen su propia cultura. Sus mitos, sus leyendas, sus hábitos, hasta su tipo de alimentación a pesar de su pobreza. Su forma de pensar, su música y hasta ¿cómo decirte?, su humor, su locura.
- Pero hay mucha superstición, Martín.
- Lo que vos llamás superstición lo recibiste como herencia de los elitistas. No es superstición, querida. Es sabiduría popular. Pensalo bien, vas a ver" (pág. 89)




El viaje por esta saga es así un viaje por Corrientes, por la mirada desde dentro y desde fuera de la sociedad en la que se inserta y se corre todo el tiempo, siempre al borde. Y entre tanta reflexión se cuelan divertidas escenas de un autor intentando editar su libro y encontrándose siempre con la figura del editor que impone condiciones y encuentra peros a la obra, además de una muy densa carga de erotismo, una eroticidad que excede a las personas y las cosas, que está en las relaciones de todos los hombres y mujeres, un erotismo no occidental, esto es, reducido a la cópula; sino pleno, sensorial, constructivo. La saga, sin embargo, deja muchas ideas sin concluir y que, esperemos, hallen su pronta respuesta en la edición de las dos novelas que la concluirán.

Señalé que hubo un largo parate en la saga Travesura Fantástica que duró diez años. De cualquier manera, Alvarenga se las ingenió para seguir editando en ese período: en 1994 publicaría el ensayo "La erótica anda suelta" en una compilación de estudios sobre el ser latinoamericano, en el mismo año el poemario Imaginero cosmológico (que en mi caso resultó ser el "rito de iniciación" a la literatura correntina) y además, junto a otros tres escritores correntinos (tres "pesos pesados" de la literatura provincial sobre los que ya escribiremos: Luis Ángel Llarens, Darío Schvetz y Marily Morales Segovia) publicó Cuentos duros (1996) y Nuevos cuentos duros (1998).



En lo que llevamos del actual siglo, Alvarenga ha publicado en volumen ocho libros, además de reeditar Flotilla de fábulas en 2008. Digo en volumen porque - retomando una tradición que nos remonta los orígenes de la novela moderna cuando los periódicos demandaban las obras de Sue, de Dickens, de Dumas y en caso argentino de Mármol - hace algunos años que ha decidido publicar sus libros por entregas semanales en diferentes periódicos correntinos, además de presentar muchas de sus obras directamente en las redes sociales. A esta multiplicidad de formatos se le suma la multiplicidad de obras en todos los grandes géneros literarios: dos libros de poesías (La desnudez desnuda del poema en 2004 y Vuelo chamánico en 2008), dos de cuentos (Cuentos para romper el molde en 2012 y Cuento en tiempo de descuento en 2013), una obra de teatro (Dios juega a la ruleta rusa en 2010) y dos ensayos que, nuevamente, enlazan una obra concatenada en trilogía aún no concluida: Latinoamérica comienza en Corrientes en 2001 y Sabiduría melódica del trópico sur en 2010.

  

Gran parte de estos libros más recientes retoman las líneas que desde el 84 hacia aquí atraviesan su poética; los personajes son muchas veces mujeres que callan (como las cautivas correntinas en el cuento "Prisioneras de guerra" o la del monólogo de la mujer maltratada física y mentalmente en su opera prima teatral), sus obras ensayísticas atraviesan el ser correntino, el exilio, el arte poética, la obra de otros escritores correntinos y también, inevitablemente, el chamamé:

"Se constituye en el registro, en la documentación sonora del hombre y del paisaje, de la gestación y el duelo, del mito, de la memoria colectiva y de la mente universal del hombre correntino, heredero del pensamiento salvaje y sabio de la mentalidad guaraní.
Pero sobre todo el chamamé es juego y juguete. Juguete porque es un instrumento de creación y juego por ser la creación misma desatada por la imaginación, imaginación compartida y que se encarna en el hacer música y en el escuchar, en generar propuestas de ritmo, de melodía, armonía y canto para bailar. El chamamé entonces es energía, contagio y retorno, es fantasía que melodiza la vida en huellas acústicas de música y de palabras, de murmullos y silencios." ("El chamamé es un juguete metafísico", en Latinoamérica comienza en Corrientes).

Este autor que vimos es Martín Alvarenga. La próxima vez que pasen por Plaza Italia y vean el mural con la tan mentada frase, sepan que detrás de ella hay un hombre que aún escribe, que aún está por darnos magia y poesía, y que aún reflexiona sobre esa contradictoria forma de amar y odiar eso que constituye el ser correntino.